domingo, 18 de enero de 2026

CUANDO EL TATAMI RECUERDA

Esa noche el dojo estaba en silencio, pero no era un silencio vacío. Era un silencio con peso y textura, como la seda vieja de un cinturón negro. Un silencio que no era ausencia, sino memoria contenida. Las paredes de madera clara, marcadas aquí y allá por el roce de un pie en giro o la sombra de una mano en kime, parecían contener más historias de las que su grano podía contar. El aire, quieto, era denso. No solo olía a algodón y sudor limpio, a esfuerzo honrado; olía a madera de pino calentada por lámparas, a polvo de tiza de los diagramas borrados, y a ese aroma indefinible a tierra y paja que despide un tatami viejo cuando, en la profundidad de la noche, exhala todo lo que ha absorbido.

El maestro apagó la última luz del pasillo, pero dejó que la claridad lila de la farola de la calle se filtrara por el alto ventanal, pintando rectángulos fantasmas sobre las esteras. Se quedó inmóvil en el umbral. Su mirada, cansada y a la vez lúcida, recorrió el espacio vacío. No vio solo cuadrados de paja trenzada. Vió el mapa de una vida. Aquel desgaste más profundo junto a la columna era donde generaciones de alumnos habían practicado su gedan barai. Aquella mancha tenue, casi imperceptible, cerca de la entrada, guardaba la memoria del sudor de un niño nervioso el primer día. El tatami no era un suelo; era un pergamino.

La frase escuchada por la tarde resonaba aún, con el eco metálico de una verdad incómoda: “Disfruta mientras puedas… un día solo serás un recuerdo, en el mejor de los casos.” Le había molestado, no por cruel, sino por su precisión quirúrgica. Era un recordatorio de la economía brutal del tiempo: todos, al final, somos reducidos a una anécdota, a una sensación en el pecho de alguien, si tenemos suerte.

Con un suspiro que era más rendición que cansancio, se arrodilló en seiza. Los huesos protestaron con un crujido familiar, pero el movimiento era fluido, ancestral. El cuerpo conocía este camino hacia la quietud, incluso cuando la mente se rebelaba, queriendo escapar hacia la lista de tareas pendientes, las facturas por pagar, el ruido del mundo. Frente a él, el dojo estaba desierto. Y sin embargo, se sintió observado. No por fantasmas, sino por presencias. La fila de alumnos que la vida se fue llevando: el chico prometedor que se mudó por un trabajo, la adolescente que cambió el karate por la universidad, el hombre mayor cuyo corazón dijo "basta". Recordó al niño que llegó tartamudeando y se fue, diez años después, con la mirada firme y la espalda recta, convertido en un hombre que sabía quién era. Y a la mujer, con canas en las sienes, que regresó una tarde de otoño. “Sensei”, le dijo, las manos temblorosas, “he intentado encontrar ese centro en otras partes. Pero no podía respirar igual desde que dejé este lugar.”

En el reloj de pared, un viejo compañero de batallas, el segundero avanzaba con una crueldad tranquila, imperturbable. Cada tic era un grano de arena que caía, un instante que se volvía pasado. El maestro cerró los ojos y respiró profundamente, buscando su hara, su centro. Luego miró sus manos. Ya no eran las manos jóvenes y veloces que podían atrapar una muñeca al vuelo. Eran manos surcadas de venas, con nudillos algo hinchados, la piel más fina. Pero eran las mismas manos que habían ajustado una posición con firmeza, que habían tocado un hombro para trasmitir calma, que habían limpiado, discretamente, una lágrima de frustración o de orgullo después de un examen. Manos que, sin testigos ni aplausos, habían sostenido el peso de la derrota de otro y la habían convertido en un escalón. Manos que habían construido algo. ¿Pero qué?

¿Qué queda cuando uno se va? ¿Qué perdura?, se preguntó, y la pregunta resonó en el silenzo del dojo.

No los trofeos, que acumulan polvo en una vitrina. No las fotografías, donde las sonrisas se van desvaneciendo junto con el color del papel. Ni siquiera el nombre de la escuela, pintado con esmero en la fachada, que un día será una referencia en un documento olvidado. Lo que queda —si queda algo— es otra cosa. Más sutil. Más poderosa.

Su memoria viajó, sin esfuerzo, hasta un miércoles lluvioso de hacía años. Un niño pequeño, con un cinturón blanco que le quedaba enorme, se había quedado después de la clase. “Sensei”, murmuró, sin levantar la vista del tatami. “Hoy, cuando el chico grande me empujó en el patio… no he tenido miedo. Me acordé de respirar como aquí.” No había ejecutado un kata perfecto. No había ganado un combate. Había librado una batalla invisible y había salido victorioso. Había salido del tatami un poco más dueño de su territorio interior.

Y ahí, en ese recuerdo sencillo, el maestro entendió algo que ningún manual de técnicas o filosofía enseña con claridad. Entendió que las mayores victorias no tienen podio. No se exhiben. Son silenciosas. Son semillas que se plantan en el suelo fértil del respeto y la disciplina, y que germinan en la vida cotidiana, lejos de aquí. Esa fuerza que el niño encontró, esa paz que la mujer buscaba, eso era lo que quedaba. Eran victorias que no se ven, pero se quedan. Se incorporan. Se convierten en parte de la estructura de una persona.

El recuerdo no es un monumento de mármol, frío y distante. Es una huella. Como la que deja un pie descalzo y cálido sobre la paja del tatami: se borra al levantarse, pero la estera guarda la impresión, la calidez, la presión justa de ese paso. Y las huellas no se hacen gritando ni presumiendo; se hacen caminando. Día tras día. Paso a paso. Con la disciplina que es una forma de amor, y con el cariño que es una forma de respeto. Con presencia auténtica en cada instante, en cada corrección, en cada saludo.

Una calma profunda, anclada en la certeza, lo inundó. Se levantó con la elegancia pausada de quien ha hecho la paz con la gravedad. Hizo una reverencia profunda y lenta al tatami, al dojo, a la historia que contenían. Una sonrisa apenas perceptible, más en los ojos que en los labios, le cruzó el rostro. Era la sonrisa de quien acepta una verdad dura, pero bella, sin dramatizarla.

Disfrutar no era, entonces, gastar el tiempo en frivolidad. Era honrarlo. Era estar tan plenamente en cada momento —en el dolor del esfuerzo, en la quietud después, en la frustración y en el pequeño triunfo— que ese instante quedara saturado de significado, listo para convertirse en una huella digna.

Antes de salir, se deslizó el teléfono del bolsillo y lo dejó sobre el banco de madera, cerca de la entrada. Un gesto pequeño, pero simbólico. Como si, por esta noche, no necesitara pruebas, ni conexiones, ni distracciones. Como si lo único real fuera lo que había vivido y lo que había ayudado a vivir dentro de esas paredes.

Cerró la puerta con el chirrido familiar, y la cerradura giró con un clic definitivo. Echó a andar por la calle fría. La noche de enero tenía esa claridad cortante que despeja el alma, un aire que escuece en los pulmones y despierta. Las estrellas parecían agujeros de luz en un manto oscuro.

Y mientras caminaba, su paso firme resonando en la acera vacía, tomó una decisión sencilla, casi trivial, y por eso misma, revolucionaria. Al día siguiente, cuando sonara el timbre y entrara el primer alumno —fuera el niño inquieto, la madre cansada, el hombre que busca un desafío—, él lo miraría. No con la mirada rápida del saludo protocolario, sino con una mirada de verdad. La miraría a los ojos, vería la persona, el viaje que comenzaba o continuaba. Y en ese cruce de miradas, aunque solo durara un segundo, honraría ese momento irrepetible.

Porque lo era.

Porque tal vez, al final de todo, uno no se convierte en un recuerdo por haber durado mucho tiempo.

Sino por haber estado de verdad. Por haber dejado, con una huella limpia y consciente, algo de calidez en la paja del mundo.

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David Vallejo (Budokan Sevilla Dojo) www.budokansevilla.com